Web de José-Fernando Rey Ballesteros

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"YO TAMPOCO PUEDO SER SANTO"
"Padre, yo no puedo ser santo"... Siempre he tenido la misma respuesta: "¡Yo tampoco!"... Nuestros "santos de salón" se figuran que la santidad consiste en añadir, a una vida burguesa, determinados hábitos piadosos que la tiñan de virtud. Pero el resultado de este engaño ramplón es más bien la beatería, la "piedad de sofá", que son caricatura de la verdadera santidad...
La santidad es siempre un milagro de la gracia. Ningún hombre, aunque adquiriera mil hábitos piadosos, puede santificarse sin una intervención del Espíritu Santo. Tomad a un santo, estudiad su biografía, y preguntaos qué habría sido de él de no haberse introducido Jesucristo en su historia. El resultado será tan diverso a la vida de ese hijo de Dios, que pensaréis que se trata de dos historias que jamás se hubieran cruzado. No nos engañemos: todos podemos cambiar en cierta medida, pero hay un límite que no nos es concedido cruzar: las limitaciones de nuestro carácter, las heridas y defectos que nos transmitieron nuestros padres, y que vienen siendo una herencia quizá de siglos, las "manías", filias y fobias adquiridas desde niños, y, sobre todo, el pecado original... Todo eso acota nuestra libertad para cambiar. Una ruptura total no le es posible a hombre alguno, si no media ese milagro de la gracia que llamamos "santidad".
"-«Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda. »"... Santiago acepta la intercesión materna, soñando en convertirse, merced a su efecto, en alguien "importante". Es el mismo que, según nos cuenta San Lucas en el capítulo 9 de su evangelio, hubiera mandado quemar un aldea samaritana. Dejadlo crecer a su aire, y ¿qué tendréis? Si sus capacidades y sus influencias se lo hubieran permitido, otro Pilato; añadidle unos "hábitos piadosos" y obtendréis otro Caifás; quitadle el talento, dejadle las influencias, y obtendréis otro Herodes... Pero nunca, ¡nunca! al apóstol de Cristo que murió mártir compartiendo los padecimientos del Maestro. Nunca hubiera un hombre así ambicionado los últimos puestos; nunca hubiera bebido el cáliz del Señor, haciendo suyas las palabras de San Pablo: "llevamos en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo".
El paso de un camino a otro supone un salto inasequible a las fuerzas humanas; supone una muerte y una vida nueva; un milagro del Espíritu, llamado "santidad". Y, mientras hoy nos gozamos considerando las maravillas obradas por Dios en el hijo de aquella ambiciosa mujer, recordamos que el mismo milagro quiere Dios hacerlo con cada uno de nosotros. ¿No puedes ser santo? ¡Yo tampoco! Pero, dime: ¿quieres serlo? ¿de verdad quieres ser santo? Entonces di que sí, digámoslo tú y yo como Santiago ( -«No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?» Contestaron: -«Lo somos.»), como María, y abramos de par en par las puertas del alma. Entrará el Espíritu, y lo renovará todo.
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