Con noticias de Dios


Y A USTED ¿QUÉ LE IMPORTA?

Mayo 17th, 2012

 

    El hecho de que Jesucristo, cuarenta días después de resucitar de entre los muertos, haya ascendido corporalmente a lo más alto del Cielo ante lo ojos atónitos de los suyos ¿qué tiene que ver con la vida normal de un ciudadano normal que llora sus penas y ríe sus gracias en pleno siglo XXI?

    Digámoslo abiertamente: absolutamente nada, siempre y cuando tomemos el término “normal” en su acepción de “frecuente”, y siempre y cuando dejemos a salvo un supuesto que me reservo para unas líneas más abajo. A día de hoy, son multitud las personas que desconocen por completo el hecho de la Ascensión del Hijo de Dios; esas personas se levantan del sueño cada mañana y se acuestan cada noche sin que todo ello les importe lo más mínimo. Y, entre quienes lo conocen (que son muchos más) un buen número se resiente poco o nada si algún sacerdote les “anuncia” que tal ascensión nunca tuvo lugar o que se trata de un pasaje más poético o simbólico que histórico. Frente a otros pasajes del Evangelio, como puedan ser el Sermón de la Montaña o la parábola del Buen Samaritano, que al menos despiertan cierto remordimiento en las conciencias de quienes los conocen, los últimos versículos del Evangelio de Lucas o los primeros de los Hechos de los Apóstoles son perfectamente prescindibles para una gran parte de la población mundial e -¡incluso!- de la población cristiana.

    No voy a entrar ahora en la significación profunda del acontecimiento: está claro que lo que conocemos como “Cielo” no se encuentra en ningún lugar sobre las nubes, y que, por tanto, la “Ascensión”, que se mostró a los ojos como una subida en vertical a través de la atmósfera, era un signo que remitía a un traslado infinitamente más radical: el paso de lo temporal a lo eterno, que hasta entonces estaba sellado con la espada de fuego puesta por Dios en manos de un querubín tras producirse la caída primigenia. Pero haré hincapié en un hecho que se me antoja crucial: ese traslado fue tan verdadero, tan absolutamente verdadero, como doloroso y triunfal. El Cuerpo de Cristo ya no está entre nosotros como antes estuvo, bajo las apariencias físicas de cualquier otro cuerpo humano. Su Rostro ha permanecido velado para muchas generaciones de cristianos, entre quienes, por suerte o por desgracia, me cuento. Por otro lado, la Iglesia nos enseña, y así lo entendieron los apóstoles, que, en su Ascensión, Cristo no ha cerrado la puerta detrás de Sí. Cielo y Tierra están ahora comunicados a través de la propia Iglesia, de modo que Él pueda volver, como prometió, y nosotros podamos seguirle y realizar nuestra propia “ascensión” unidos a Él. En el caso de la Virgen hablamos, más bien, de Asunción, y quizá ese término sea más adecuado para quienes no podremos llegar jamás con nuestras solas fuerzas.

    Quiero ahora referirme al caso que dejé apuntado en el segundo párrafo: existe un grupo de personas a quienes la Ascensión de Cristo les afecta de manera radical en sus vidas, hasta el punto de ser causa de sus lágrimas más dulces y de sus gozos más plenos. Me refiero a todos aquellos que aman desesperadamente a Jesús de Nazareth. Esas personas saben lo que es amar sin poder ver, sin poder abrazar ni besar, y buscan el bálsamo para su herida en la Sagrada Hostia, donde el mismo Cuerpo que añoran, inflamado en Amor, se oculta y a la vez se hace presente. Son, por ello, almas profundamente eucarísticas, capaces de amar con el sentido en carne viva y el espíritu sediento de Dios. Son, también, almas que esperan, y esperan con gozo, porque saben que, un día, los mismos ojos que se ocultaron tras una nube volverán para iluminar sus vidas eternamente. Se niegan a ser seducidos por los cantos de sirena de este mundo, porque quisieran conservarse vírgenes hasta el momento en que ese Cuerpo vuelva a mostrarse. Viven con los pies anclados firmemente en tierra, porque gustan de besar con sus plantas la misma tierra, el mismo mundo que fue perfumado por el paso del Señor. Pero su mirada está puesta mucho más allá, en los Cielos, en su Hogar, a donde esperan llegar un día, animados y fortalecidos por la Gracia, en una vida que se ha convertido en persecución o casi cacería del Ser Amado. Y es que estas almas no se conforman con seguir a Cristo; diríase que lo persiguen, y que no descansarán hasta que hayan cerrado sus brazos como cepos en torno a Aquél que lo es todo para ellos.

    Mientras queden almas así en el mundo, en su honor debe celebrarse la Solemnidad de la Ascensión del Señor. Al menos ellos nos recuerdan lo que debería ser un cristiano. La vergüenza, desde luego, es nuestra; pero la vergüenza jamás salvó a nadie. Quiera Dios que despertemos y nos unamos a ellos, porque, de otro modo, habrá que morir un día diciendo que hemos perdido miserablemente el tiempo.

José-Fernando Rey Ballesteros

EL VENDEDOR DE RELIGIÓN

Mayo 10th, 2012

 

    El gran negocio del Demonio (en su particular y macabro comercio de almas) no consiste tanto en vender ateísmo como en vender religión. En cuanto al ateísmo, cada vez estoy más convencido de que al propio Diablo le repugna por estúpido e improductivo. Ser ateo ante una puesta de sol es como estar ante las Meninas y gritar que en ese lienzo se han caído cuatro botes de pintura. Semejante paparrucha no se vende más que a majaderos, y no anda ilusionado el Demonio con la idea de llenar el Infierno de majaderos. Por eso vende religión.

    La religión que vende el Diablo lleva la falsa etiqueta de la verdadera Fe. La imitación es burda, pero seductora. Al tejer en sus telares el sucedáneo de la enseña, no pudo evitar ocultar en ella su momento de vergüenza: la Cruz. Y así, mirada detenidamente, la marca que lleva impresa incorpora la piedad, la caridad, la continencia y hasta la misericordia –todas ellas en versión sintética-, pero olvida la Cruz. Este olvido intencionado la convierte en la religión del éxito, frente a la verdadera Fe, que es la del triunfo alumbrado a través del fracaso. La diferencia puede parecer sutil, pero no lo es. Jesucristo nos pide renunciar a los bienes terrenos para ganar los celestiales, mientras el Demonio nos promete la llegada al cielo a través de la alfombra del éxito terreno aderezado con una falsa piedad. Seductor, desde luego, pero, como todos los productos de la factoría del Diablo, falso.

    Para no dejarse engañar, el cristiano sabe que debe elegir: “Si habéis resucitado con Cristo, aspirad a los bienes de allá arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios. Aspirad a los bienes del Cielo, no a los de la tierra” (Col 3, 2). Si yo quiero alcanzar de verdad la Vida Eterna que el Señor me ha ganado en la Cruz, debo despojarme de cualquier deseo que me ate a este mundo: querer triunfar en esta vida y ser coronado después en la otra es, sencillamente, imposible; digámoslo bien claro, frente a la publicidad comercial del Enemigo.

    Más incluso que en las obras, donde todo está en juego es, primeramente, en los deseos. Los ojos del cristiano deben remontarse por encima de cualquier objetivo temporal y anclarse firmemente en el Rostro velado del Señor. Después, en pos del deseo, y con la imprescindible ayuda de la Gracia, será la vida la que vaya “dejando atrás” cualquier consuelo terreno como quien se abre paso a través de la maleza: “Todo lo doy por perdido y lo tengo por basura con tal de alcanzar a Cristo y ser hallado en él” (Flp 3, 38). Vendrán fracasos, humillaciones, oprobios, oscuridades y silencios que no serán sino el signo claro de que hemos tomado el camino correcto. Y, fijos nuestros ojos en “los bienes de arriba”, todo lo afrontaremos con la alegría de quien sabe que acude a recibir el Premio prometido a quienes aman al Señor. En semejante carrera, lo único que hemos de temer es que alguno de los vendedores ambulantes del Demonio nos convenza para que nos detengamos a tomar un refrigerio antes de reanudar la marcha. En ese refrigerio beberíamos nuestra propia muerte. Y, tras beberla, quizá nos diéramos cuenta de que hemos sido engañados: al Cielo sólo puede llegarse con sed.

José-Fernando Rey Ballesteros

CREER CON LOS OJOS

Mayo 3rd, 2012

 

    Frente a la común definición de “fe” como “creer lo que no se ha visto”, en el Evangelio de San Juan los verbos “creer” y “ver” andan indisolublemente unidos: “Ésta es la voluntad de mi Padre: que todo aquel que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna” (Jn 6, 40); “El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquél que me ha enviado, y el que me ve a mí ve a aquél que me ha enviado” (12, 44). A los judíos, Jesús les reprochará: “me habéis visto y no creéis” (6, 36). Y, para mostrar la fe del discípulo amado, se dirá de él: “vio y creyó” (20, 8).

    Podría pensarse que la visión excluye, por su propia naturaleza, a la fe. Para disipar la confusión hay que acudir a la lógica de los signos, tan querida por San Juan: lo que se ve no es lo mismo que lo que se cree, sino un signo, una ventana que la mirada de fe debe cruzar para alcanzar su verdadero objeto. La Humanidad de Cristo es la puerta abierta a su divinidad; quien ve su Humanidad es invitado, a través de ella, a creer en su divinidad. El milagro no es un mero hecho prodigioso o una obra de caridad, sino un signo de realidades más profundas; quien ve, por ejemplo, la multiplicación de los panes y los peces y escucha el discurso del pan de vida es invitado a creer en la Eucaristía. Quien ve, como el propio Juan, el sepulcro vacío de Jesús de Nazareth es invitado a creer en su Resurrección. Los ejemplos podrían multiplicarse hasta la saciedad.

    El modo en que el Señor nos pide la fe en el Evangelio de San Juan es profundamente humano: el hombre, que es un ser corpóreo, accede a la realidad a través de los sentidos, y necesita “ver” para poder introducir en su mundo interior cualquier otra realidad. Por eso Dios le presenta signos, de modo que, a través de la visión, la fe se haga más fácil, adaptándose así a su lenguaje. Es el mismo motivo por el que la Iglesia ha recibido y administra en nombre de Dios los siete sacramentos. A través de ellos, la fe se hace asequible al hombre entrando por la ventana del sentido: vemos el agua de Bautismo y creemos en el Espíritu; vemos la Sagrada Hostia y creemos en el Cuerpo Eucarístico del Redentor; oímos las palabras de la absolución sacramental y creemos en el perdón de los pecados… El cuidado de estos signos ha sido siempre cuestión de suma  importancia en la Iglesia: la buena disposición de los elementos del templo, el adorno de los altares, la belleza de los sagrarios, las imágenes que mueven a devoción, el Crucifijo que ha inspirado e inspira locuras de amor en tantos santos… Todo ello facilita y encarna la fe.

    Sé que, para muchos, el mayor signo de recogimiento es el de los ojos cerrados y la cabeza plegada casi sobre el pecho… Personalmente, si oro con los ojos cerrados, o bien acabo absorto en mis propias preocupaciones, o bien termino dormido como una marmota. Prefiero rezar mirando al Sagrario, al Crucifijo, o a la Custodia. El Sagrario no es una pantalla de televisión; allí nada se mueve, gracias a Dios. Pero en él, como en el Crucifijo o en la Custodia, o en la imagen de la Santísima Virgen, el espíritu encuentra esa ventana que le permite mirar más allá, a la eternidad, y anclarse allí para reposar en oración.

    Existe, desde luego, un modo más elevado de fe, también presente en el Evangelio de San Juan: “dichosos los que crean sin haber visto” (20, 29). A algunas almas les ha concedido el Señor esa fe de los éxtasis y arrobamientos, que se alumbra en medio de una suspensión del sentido y en la que el cristiano y Cristo se tocan “alma con alma”. Pero se trata de una gracia venida del Cielo que Dios otorga a quien quiere. Entre tanto, necesitamos imperiosamente las imágenes para suscitar la fe. Hay que tener los ojos bien abiertos ante Dios.

José-Fernando Rey Ballesteros

Con noticias de Dios

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