Con noticias de Dios


JERUSALÉN

Febrero 8th, 2010

    Ésta es, sin duda, la ciudad de Dios. Tras la purificación del Desierto y el temblor fascinante que nos produjo el escuchar la voz de Dios en el Sinaí, finalmente, el Jordán de la muerte se abrió ante nosotros, convertido ya en Bautismo, e hicimos nuestra entrada en la Vida.

    La Vida es Cristo. Jerusalén es Cristo. El Templo es Cristo. El Cielo es Cristo.

    A lo largo de estos dos días, nos hemos bañado en Cristo. En Jericó, junto a Zaqueo, levantamos acta de nuestra conversión. “Hoy ha venido la salvación a esta casa”. Oramos, junto a Jesús, en Getsemaní; nos arrodillamos de noche ante aquellos olivos, dejando allí  nuestras pobre lágrimas; una hora, al menos una hora, pasamos sobrecogidos en su compañía junto a la piedra en la que se venera el sudor ensangrentado del Señor. Y, ya poseídos del ideal de ser cristianos, de pertenecer a Cristo, tomamos nuestra Cruz y recorrimos con Él la Vía Dolorosa. Ascendimos al Calvario, el segundo monte de nuestra peregrinación, y allí crucificamos, junto al Salvador, a nuestro hombre viejo. Venero a Buen Ladrón, lo venero y quisiera verme reflejado en él. Pero esta vez, quise dar un paso más. No quiero que mi cruz esté junto a la de Cristo. Quiero vivir y morir en la suya, junto con Él. Mis dolores sean los suyos, mis lágrimas las suyas, mi sufrimiento el suyo y mi muerte la suya. Sólo así seré cristiano.

    Esta mañana, por tercera vez en mi vida, he celebrado la Santa Misa dentro del Santo Sepulcro. En esta ocasión hemos estado Él y yo solos allí dentro; quienes concurrían se quedaron a distancia, y, por ello, no desvelaré un encuentro que Él quiso que tuviera lugar en la intimidad. Sólo diré que, en un momento dado, salí del Sepulcro mostrando en mis manos a Jesús: “Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”... Pero todo lo que ocurrió antes permanecerá sellado en el secreto de un corazón que quiere ser sólo suyo y todo suyo.

    Volvemos a casa. Volvemos como hombres nuevos. Salimos muertos y regresamos llenos de Vida Eterna. Quiera Dios que cuanto hemos recibido en estos siete días sea alimento y fuerza para este largo peregrinaje de la vida, que sólo acabará cuando le abracemos a Él para siempre.

José-Fernando Rey Ballesteros

ANTE EL DIOS DEL SINAÍ

Febrero 6th, 2010

 

Viernes, 5 de febrero de 2010

    El Desierto del Sinaí es un lugar sobrecogedor. Todo es grande, todo es rojizo, todo es majestuoso. No se trata de la majestuosidad de las pirámides y esfinges que contemplábamos hace dos días, cuya grandeza no era sino la de la rebeldía del hombre ante la muerte. La muerte, desde luego, está muy presente en el Sinaí; allí no hay vida, no hay agua, no se escucha el canto de los pájaros ni el mecerse de las hojas de los árboles. Y, sin embargo, Dios parece clamar desde ese lugar, con las lenguas de piedra de aquellos montes, que puede el hombre elevarse por encima de la muerte y esperar en lo alto a que Él descienda y lo recoja.

    Habíamos subido de noche, ateridos de frío a pesar del esfuerzo, y, cuando alcanzamos la cima, todavía reinaba la oscuridad a nuestro alrededor. La piedra quemaba con el frío de los sepulcros. Cubiertos con mantas y abrigos, no nos atrevíamos a pronunciar palabra. Allí las nubes no son bóveda, sino alfombra, porque todas ellas se extienden bajo los ojos del peregrino que ha culminado su ascensión. Clavábamos nuestras miradas en el Oriente, y esperábamos tiritando la buena noticia.

    De repente, una luz. Alguien lo advirtió con una sola palabra: “¡Mirad!”. Y, a partir de ese momento, todo sucedió a la velocidad del rayo: la luz se volvió rubor, los montes enrojecieron, el aire se encendió de fuego, y el sol se levantó majestuoso llenándolo todo de vida. Ni siquiera podíamos sonreír, porque estábamos boquiabiertos y aún ateridos de frío, pero la almas comenzaron a hervir lentamente. Alguien musitó un Padrenuestro. Nos pusimos en pie. Tomamos nuestros libros de oraciones e iniciamos las laudes del Señor: “Eres la luz y siembras claridades, abres los anchos cielos que sostiene, como columna, el brazo de tu padre. Mientras la noche cede y se disuelve, la estrella matinal, signo de Cristo, comienza el nuevo día y lo esclarece. Eres la luz total, día del día; el Uno y Trino, el Trino todo en Uno. ¡Gloria a tu misteriosa teofanía!”. Aunque se trataba del himno correspondiente al día en curso, viernes de la 4ª semana del Salterio, parecía compuesto, especialmente, para que nosotros lo entonásemos allí, sobre el amanecer del Monte Sinaí.

    Como a Moisés, Dios nos había hablado: puede el hombre convertir el desierto de la vida en ascensión, encumbrarse sobre la muerte, alzar sus manos, y descubrir cómo Él, el Señor de las Alturas, extiende su brazo de fuego para llenar de vida a quien lo busca. La muerte no es el final, ni es la losa que aplasta al hombre para siempre. No. Es el Monte que los hijos de Adán deben ascender en busca de la gloria de Dios. El cristiano no muere: entrega la vida y recibe Amor y Eternidad.

José-Fernando Rey Ballesteros

 

UN BAÑO DE GRANDEZA EN EL VALLE DE LA MUERTE

Febrero 3rd, 2010

 

    La primera jornada de nuestra peregrinación ha sido todo un paseo a través de la muerte majestuosa. Las altivas y colosales pirámides de Keops, Kefrén y Mikerinos; la hierática y gigantesca esfinge de Gizeh, la incalculable riqueza del Museo de El Cairo, la serena putrefacción de las momias que antaño vistieron corona... Sin duda, hemos visitado a Su Majestad la Muerte, fruto de la entrada del pecado en la Historia de los hombres.

    “Seréis como dioses”... ¡Qué burla, la del Demonio! Aquí, en El Cairo, se entiende su promesa en su faceta más macabra: muertos endiosados, muertos revestidos de riqueza, momias rodeadas de tesoros y tratadas con honores de grandeza... ¡Como dioses! ¡Como dioses, después de muertos! ¡Qué ironía!

    En medio de las sombras, se escucha un grito terrible: es el llanto impotente de un hombre que se ahoga en sus riquezas y, a la vez, se resiste con todas sus fuerzas a morir. De algún modo, ha recordado que fue creado para la eternidad, y la visión de la muerte convierte su alarido en pirámides, en monumentos, en estatuas con las que intenta alcanzar la inmortalidad. Toda la riqueza y la grandiosidad que hemos visto en este día no es sino eso: la petrificación de un grito horrorizado ante la muerte.

    Tenemos que huir de aquí a toda costa. No queremos vivir engañando a la miseria en que nos ha sumido el pecado para morir ahogados en riqueza. Queremos, sí, gritar. Pero el grito tiene que ser otro, debe pronunciarse desde un lugar distinto, y tiene que buscar a un destinatario capaz de escucharlo y atenderlo. Por eso, mañana emigraremos al Desierto. Cruzaremos el Mar Rojo, y dejaremos atrás la esclavitud del pecado, para adentrarnos en la soledad con Dios. Desde allí gritaremos, e imploraremos la piedad de quien, sin necesidad de engañarnos, puede salvarnos de la muerte. Mañana será el comienzo de esa liberación.

José-Fernando Rey Ballesteros

P.D.- Es muy difícil que mañana pueda actualizar el blog desde el Desierto. Haré lo posible.

Con noticias de Dios

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