Con noticias de Dios


LOS “ELEFANTES CRISTIANOS”

Marzo 9th, 2010

 

    “Dos sacerdotes han sido maltratados muy cruelmente, otros han sufrido terriblemente. Los cristianos indígenas son forzados a renunciar a la religión cristiana. Muchos son mártires.

    Ahora sucede una cosa misteriosa: grupos de elefantes salvajes vienen desde 300 kms. de distancia y  distinguen las casas y propiedades de los perseguidores. Los llamamos “elefantes cristianos”, porque ¡Estos elefantes no hacen daño a los cristianos ni a sus propiedades!”

    Son palabras de una carta escrita recientemente por las carmelitas de Kerala, en la India. Entre líneas se puede leer el terrible sufrimiento que las empapa. Pero, sobre todo, se puede comprobar la alegría, el sentido del humor, y la experiencia del Amor Providente de Dios con que estas mujeres viven en medio de las dificultades más escalofriantes.

    Siempre he creído en la Providencia. Pero, tras leer esta carta, sé que Dios, para proteger a uno de sus pequeños, es capaz de enviar manadas de elefantes “cristianos”, lo cuales, como el Ángel Exterminador que extendió su brazo en la Pascua de los Hebreos, azotan a los perseguidores de la Iglesia mientras pasan de largo por las casas de los creyentes.

    “¿Te bastaría, para creer en mí, con que enviase un elefante a protegerte? Pues, si eso no te basta, Yo te enviaré manadas enteras de elefantes que te libren de tus enemigos”. ¡Quién no distingue esa voz de Dios entre las letras que han escrito unas mujeres que confían sólo en Él! Es una voz que no está al alcance de los “elefantes paganos”, es decir, de todos aquellos que se empeñan en hacerse grandes para protegerse a sí mismos de los hombres e incluso de Dios. Pero quien, como estas carmelitas, decide despojarse de toda protección, entregarle todo a Dios, y encomendarse exclusivamente a su Providencia, está llamado a recibir la visita de “elefantes cristianos” que lo protejan, como a Elías lo protegieron los cuervos.

    A estos elefantitos, sin duda, se referían mis padres cuando, siendo niño, me enseñaron aquello de “un elefante se balanceaba sobre la tela de una araña”. Yo entonces pensaba que era imposible. ¡Cómo iba un elefante a subirse a la tela de una araña sin romperla! Hoy lo entiendo: obedeciendo a un Dios que le ha pedido que lo haga para proteger a uno de sus pequeños. Y, además, “como veían que no se caía, fueron a llamar a otro elefante”... ¡Manadas enteras de elefantes ven estas carmelitas balanceándose sobre la frágil pero indestructible tela de araña que es la vida de los hijos pequeños de Dios!

José-Fernando Rey Ballesteros

ESPERPENTOS Y SACRAMENTOS

Marzo 7th, 2010

 

    Quisiera no tener que estar escribiendo estas líneas. Lo más sagrado que existe sobre la Tierra son los sacramentos, y, por ello, uno no debería permitirse, acerca de ellos, ni la más mínima broma, ni la más remota falta de respeto. Sin embargo, los dos casos que paso a comentarles son reales, tan reales como ese puñado de incautos que suelen dejarse seducir por todo lo “rompe moldes”, aunque esos moldes sean las paredes de su propia casa. A ellos dirijo estas palabras que ojalá no hubiese tenido que escribir nunca.

    El “caso Bono”, “Bono affair”, o “Bonogate”: ya entenderán que se refiere a José Bono, a quien la Conferencia Episcopal advirtió de que no debía comulgar tras haber apoyado públicamente la Ley del Aborto. Las declaraciones del Presidente del Congreso, en las que afirma que seguirá comulgando, dejando clara su intención de buscar a un sacerdote que le administre la Comunión, y pontificando que “la Iglesia somos muchos”, no se entienden. Es imposible vislumbrar lo disparatado de estas palabras en el enturbiado y removido contexto de la religión. Para comprender hasta qué punto deliran Bono y cuantos lo jalean es preciso llevar su caso a cualquier otro ámbito de la vida que deje claro lo ridículo de semejante postura. Por ejemplo: supongan que, ante las advertencias realizadas por la FIFA para que el jugador Bonetti no toque el balón con la mano y el recordatorio de que semejante acción, realizada dentro de la propia área, conllevará la imposición de un penalty en contra de su equipo y la expulsión inmediata del jugador, Josefo Bonetti declarase que “el fútbol somos muchos”, que en su pueblo el balón se coge con la mano, y que ya buscará un árbitro que le deje hacer lo que le pete en el terreno de juego sin someterse a la dictadura de esas normas atávicas y retrógradas... ¿Les parece chusco, estúpido, descarado y petulante? Pues ya lo han visto. Ahora devuélvanlo al terreno eclesiástico y no olviden lo ridículo que es.

    El caso del “ciberconfesonario” o del “penitonto internauta”: ha sido un colectivo que se califica a sí mismo de “católico” el que ha inaugurado la web “Le Fil du Seigneur” (no copio el enlace para no darles visitas). Allí, por un módico precio de 0,15 a 0,34 €/min, el internauta puede confesarse sin necesidad de tomarse la molestia de buscar a un sacerdote y arrodillarse físicamente ante él: “para el asesoramiento sobre la confesión, pulse uno; para confesarse, pulse dos; para escuchar algunas confesiones, pulse tres”. ¡Tal como lo leen! Yo, desde luego, pagaría y pulsaría tres, con tal de escuchar la confesión de José Bono, quien, a buen seguro, ha acudido a estos franceses “rompemoldes” para expiar sus culpas y poder comulgar. Puede que incluso encuentre algún ciberobispo que le suministre la Comunión vía web o ftp. Lo que está claro es que el colectivo galo ha interpretado a su manera esa disposición del Catecismo según la cual la Confesión debe ser “auricular y secreta”. Por “auricular” han entendido el pinganillo bluetooth que nos encajamos algunos en la oreja para hablar a través de Skype. Y por “secreta” han debido entender todo aquello que se encuentre en una página segura que comience con https. ¡Hay que fastidiarse! La cosa es más seria de lo que parece, porque cada vez son más los incautos que, movidos por sus ansias de desahogo, nos escriben a los sacerdotes relatándonos, a través del email, las más secretas intimidades. Personalmente, les aseguro que, en ocasiones, recibo correos que me hacen enrojecer. Mi respuesta es siempre la misma: “por favor, señora -o señor, que ya bibianeo en tablas-, acuda a su parroquia, busque a un sacerdote, y cuéntele todo eso cara a cara, o cara a rejilla, que estos emails los lee Rubalcaba y pueden tener consecuencias”. Claro que, viendo el modo en que algunos se confiesan en directo delante de las cámaras de televisión, la gente piensa que esto es jauja.

    Quisiera no haber tenido que escribir esto. Pero, puestos a escribirlo, mejor echarle sentido del humor que romper a llorar a estas horas de la mañana en que aporreo el teclado. Por favor, amigos lectores, traten a los sacramentos como es debido: con respeto, con veneración, y con santo temor. Y oremos para que las próximas bromas sean sobre Zetapé o Maricospe, no sobre la Eucaristía o la Penitencia, que no hay por qué llegar a estos extremos.

José-Fernando Rey Ballesteros

(Publicado en www.analisisdigital.com el 8 de marzo de 2010)

¿QUÉ TE HE HECHO?

Marzo 5th, 2010

 

“Al pasar unos comerciantes madianitas, tiraron de su hermano, lo sacaron del pozo y se lo vendieron a los ismaelitas por veinte monedas. Éstos se llevaron a José a Egipto”.

“Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: "Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia." Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron”.

    El escarnio de José, arrojado a un pozo y vendido como esclavo por sus propios hermanos; el asesinato de los criados que el dueño de la viña envió a recoger los frutos, y el del propio hijo de aquel hombre; la muerte violenta de los mártires; el desprecio de los profetas de entonces y de hoy; el odio con que en muchos ambientes se trata a la Iglesia y al mismo Dios; y, en definitiva, como centro y culmen de toda injusticia, la Crucifixión de Jesús de Nazareth... Todo ello suscita la misma pregunta: “¿Qué os han hecho?”. Es el sobrecogedor interrogante que resonará en todas las iglesias, durante la Adoración de la Cruz, el Viernes Santo, traído por el profeta Miqueas: “Pueblo mío, ¿qué te he hecho? ¿en qué te he ofendido? ¡Respóndeme!” (Miq 6, 3).

    Cada año, la única respuesta a esa pregunta terrible es el silencio. Quizá ese silencio sea un velo que oculte nuestra vergüenza; no nos atrevemos a responder. Pero, si nos atreviésemos...

    No me has hecho nada; quiero decir, nada malo. Pero me has puesto en evidencia, y eso no lo soporto. Con tu bondad, a tu lado queda al aire mi maldad. Por eso me enfurece tenerte cerca y te alejo de mí cuanto puedo. Por eso intento oscurecer tu luz vomitando mi ira sobre ti, y hasta te culpo de mis faltas. Y, cuando compruebo que mis ofensas no te ensucian, y siento como se vuelven contra mí, muero de rabia y entiendo que no hay sitio para los dos en este mundo; somos tú o yo, uno de nosotros debe morir. Prefiero que seas tú.

    No me has hecho nada; quiero decir, nada malo. Pero no te soporto, porque dices la verdad, denuncias mi pecado y me avergüenzas ante mí mismo. Si al menos fueses más “delicado”, más “políticamente correcto”, y supieras “condescender” con mis culpas, yo sabría ensalzarte como mereces y te situaría junto a mí en mi trono. Pero estás empeñado en decir siempre la verdad, aunque duela, aunque humille, aunque esa verdad sea una enmienda a la totalidad de mi propia existencia. Por eso me tapo los oídos para no escucharte; por eso trato de ahogar tu voz; por eso quiero que desaparezcas de la faz de la Tierra.

    ¿Qué me has hecho? Me has amado, y yo no quiero que me amen, sino que me malcríen, que se me sometan, que se plieguen a mis caprichos. Ni te amo, ni quiero que me ames. Ojalá desaparezcas.

    Quizá, con respuestas así, es mejor que, también este año, la pregunta quede ahogada en un profundo silencio... O quizá no. Quizá deberíamos convertirnos.

José-Fernando Rey Ballesteros

Con noticias de Dios

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