UN LUCERNARIO QUE TALADRA LA HISTORIA
Febrero 2nd, 2012
Como las diez vírgenes de la parábola, esperamos hoy al Esposo junto a las puertas del templo, sosteniendo en nuestras manos lámparas encendidas. El lucernario que, cada dos de febrero, precede a la celebración de la Santa Misa es lucernario nupcial y preludio del lucernario pascual.
Es lucernario nupcial porque la entrada de Jesús, Niño aún, en el Templo de Jerusalén supone la consumación esponsal de un romance de siglos: “Yo te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia y en derecho, en amor y en compasión, te desposaré conmigo en fidelidad, y tú conocerás al Señor” (mucho mejor este elegante y evocador giro de la Biblia de Jerusalén que el grosero te penetrarás del Señor de la traducción litúrgica española) (Os 2, 21-22). Hoy la Esposa, la Iglesia, el nuevo Israel, recibe al Esposo en lo más sagrado de su interior, en el templo que estaba destinado a ser ser morada de su Dios. A oscuras esperaron sus muros y su altar hasta este sagrado momento. Y hoy, finalmente, la luz de nuestras velas será el resplandor de un gozo anhelado por los siglos: la Esposa ha sido habitada por su Señor, y la que fue engendrada por Eva como hija de tinieblas ha sido fecundada de luz y llamada a ser Madre de los hijos del día. Y en silencio se estremece la Historia, porque, a partir de hoy, el hombre y la mujer que se desposan ante el altar de Dios son llamados a oficiar de coro en el banquete y a servir de eco al gran misterio; y será la mujer templo, y el esposo icono de Cristo, y la historia entera de la Redención se hará presente en la castidad de un tálamo bendecido por ese Amor que tiene su fuente en las bodas que hoy celebramos.
Serán, también, nuestras candelas preludio del lucernario pascual, porque, junto a ellas, dos pichones formarán las primicias de un Sacrificio llamado a consumarse el Viernes Santo y a dar fruto en la Noche de la Pascua. El sacerdote de la tribu de Leví que tomó en brazos al Hijo de María mientras manaba la sangre de aquellos animales no era consciente de que fue el primero en celebrar la Santa Misa. Y, sin embargo, él ofreció a Yahweh, por vez primera, la única Víctima capaz de satisfacer por los pecados de toda la Humanidad, la misma Víctima que yo ofrezco cada día en el altar de Dios cuando confecciono la Sagrada Eucaristía. Un anciano Simeón, uno de los pocos videntes de lo invisible que fueron conscientes de la gloria que llenaba el Templo, anunció a María el Viernes que aquella ofrenda profetizaba: “Una espada te traspasará el alma” (Lc 2, 35). Y la viuda Ana, que con ayuno había educado su espíritu para captar la luz divina, anunciaba con su gozo la gloria del Domingo sin ocaso que se cernía detrás del Sacrificio. Como sucederá en la Noche Santa, nuestras velas son resplandor de nuestras almas en gracia, que han tomado su luz del Cirio que es Jesús Resucitado. Y Simeón, que acogió en sus brazos a quien es “Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero”, quedó bañado en claridad conmovedora y se deshizo en lágrimas: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos; luz para alumbrar a las naciones, y gloria de tu pueblo, Israel” (Lc 2, 29-32). ¡Dichoso Simeón! ¡Cuántos, después de ti, han querido ver esa luz antes de morir y no lo han logrado! “Véante mis ojos, dulce Jesús Bueno / véante mis ojos, muérame yo luego”, cantaba Teresa. Pero, tanto ella como yo, tendremos que esperar a la muerte para poder ver con nuestros ojos esa Luz. Entre tanto, igual que Ana, los mantendremos en ayuno durante esta vida, para que no deseen otra visión que la del Rostro del Señor. Y si el gozo de Simeón no puede cumplirse todavía en nosotros, que al menos se cumplan las palabras de Pedro: “No habéis visto a Jesucristo, y le amáis. No lo veis y creéis en Él. Y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación” (1Pe 1, 8-9).
José-Fernando Rey Ballesteros

