“No toquéis a mis ungidos” (Sal 105, 15)
Mucho se nos ha quedado en el camino cuando perdimos el sentido de lo sagrado. “Lo sagrado” es lo que se encuentra detrás de esa línea que jamás debe cruzarse, si no es de rodillas. Porque “lo sagrado” pertenece a Dios. Y cuando esa línea se rebasa con las manos en los bolsillos, caminando como si se atravesara una calle, y sin experimentar el más mínimo temblor, luego será muy difícil volver a separar lo que es de la criatura y lo que es del Creador.
Cuando el hombre cruza la puerta del templo y saluda en voz alta a un familiar, quien, a su vez, se levanta para besarle; cuando, durante la Santa Misa, suenan los teléfonos móviles como si la iglesia fuese un locutorio; cuando se pasa frente a un Sagrario como si se tuviera delante una caja de metal; cuando, un domingo, los fieles acuden a la celebración de la Eucaristía vestidos como si fuesen a la playa o a hacer deporte; cuando se construyen templos que parecen garajes o locales comerciales... algo muy grande se ha perdido: precisamente lo que nos diferenciaría de un club de fútbol o de una sociedad gastronómica.
Existen, también, personas sagradas: son los “ungidos” de Dios, los “cristos”. Se trata de los obispos y presbíteros, quienes, por el Sacramento del Orden, son “tomados de entre los hombres” (Heb 5, 1) e incorporados a Cristo. Cuando gobiernan a su pueblo, no lo hacen con su propia autoridad, sino con la autoridad del propio Señor, que los ha elegido para apacentar a sus ovejas. Son personas llenas de debilidades, como cualesquiera otras, pero, a la vez, por ese milagro del Sacramento y de la predilección divina, son “Cristo Pastor”. Y, cuando proclaman la enseñanza, son “Cristo Maestro” presente en medio de sus ovejas. Su palabra debe recibirse como venida del Cielo, y a ellos se les debe escuchar como a ángeles de Dios. No quiero decir, con esto, que no puedan equivocarse. Quiero decir que, cuando las ovejas se atribuyen la potestad de juzgar al pastor, a sí mismas se condenan a morir de hambre, porque se han quedado sin maestros. Una vez que se juzga a un sacerdote o a un obispo, todo lo que ese sacerdote u obispo digan será tamizado por el juicio crítico de quienes deberían aprender de ellos. La autoridad del maestro, ya desmoronada, habrá cedido ante la autoridad de la propia soberbia de quien se cree poseedor de la razón. Y alguien que se cree “poseedor de la razón” ya nada puede aprender.
Puede suceder que, en un momento dado, alguien tenga la absoluta convicción de que el pastor se equivoca. Pero, aún en ese caso, la única conducta respetuosa con el carácter sagrado del pastor sería acercarse a él y decírselo en persona; jamás ponerlo en evidencia delante del rebaño, despojándolo así de su autoridad. Eso hizo San Pablo con Simón Pedro cuando supo que el primer Papa se equivocaba en su actuación: se acerco a él y le reprendió personalmente (Cf. Gál 2, 14). Pero jamás escribió a sus discípulos una sola línea que les hiciese desconfiar del Pontífice.
Aún en el caso de que un pastor hubiese pecado gravemente o hubiese errado en materia fundamental, sólo su superior, en uso de su autoridad, puede juzgarlo y reprenderlo pública o privadamente, edificando así al resto del rebaño. Pero cuando una oveja pone en evidencia, ante las demás, los pecados del pastor, causa en el rebaño una herida difícilmente reparable. Cuando Cam puso en evidencia la desnudez de su padre, Noé, fue castigado con la maldición, mientras que Sem, que cubrió a su progenitor, heredó la bendición. Tampoco David osó jamás hablar contra Saúl, a pesar de que el Rey estaba poseído por el odio.
Cuando el Papa Gregorio IX se desterró a Avignon, Santa Catalina de Siena no dudó en emprender un largo viaje para visitarlo. Ella amaba filialmente al Santo Padre, a quien no dudó en llamar “el dulce Cristo en la Tierra”. Pero, a solas, se acercó a él y, con verdadero cariño de hija, le reprendió por su cobardía. Tan amable fue su corrección, y tan verdadera, que el Santo Padre se rindió ante su hija y emprendió el camino de regreso. Lo mismo hicieron Santa Brígida de Suecia y el poeta Petrarca. Escribieron cartas ardentísimas y llenas de cariño al Papa, quien supo reconocer, en la voz de sus hijos amantes, la voz de Dios. Pero ellos jamás hablaron ni escribieron públicamente nada que dejase en evidencia ante los hombres la fragilidad del Pastor.
En tiempos de San Francisco de Asís, el clero secular estaba fuertemente corrompido. Muchos sacerdotes vivían en compañía de su barragana y sus hijos; gran parte de ellos eran ignorantes, y apenas conocían el latín necesario para celebrar malamente la Misa. Otros eran ladrones, comilones y bebedores, y así habían perdido el prestigio y la autoridad ante los fieles. Cuando Francisco de Asís entraba en un pueblo, buscaba al párroco y, ante todos los vecinos, besaba sus manos y sus pies. De este modo les gritaba que aquel hombre, fuera cual fuese su conducta, era otro Cristo, y debía ser tratado y escuchado como tal. Jamás puso en evidencia los pecados de ningún sacerdote, sabiendo que no le correspondía a él, sino al obispo, realizar semejante tarea.
Hoy vivimos en la “cultura de la tertulia”: todo debe discutirse, y cualquiera puede poner en cuestión cualquier voz que se alce junto a otras. El mundo se ha convertido en un griterío en el que todos parecen querer llevar razón. Y, en medio de semejante algarabía, ya no existen maestros ni discípulos; sólo contertulios. Cuando un sacerdote o un obispo alzan la voz para enseñar a su pueblo, quienes deberían escuchar y aprender rápidamente alzan la mano delante de todos, y gritan: “¡No estoy de acuerdo!”. Quien habla es una persona sagrada que, además, ha dedicado años de su vida al estudio y a la oración, y ha sido investido con la autoridad del propio Cristo. Pero nada de eso parece evitar que quien debiera ser discípulo se ponga en pie y pretenda, ante todos, tener más autoridad que su maestro. Es, desde luego, falta de humildad; es, también, la sentencia de prisión del pobre hombre en su propia ignorancia; pero es, sobre todo, la profanación de la sagrada autoridad del Pastor. Una vez difuminada esa línea, ya no existen, en la Iglesia, Pastores y ovejas, sino una pléyade de contertulios gritando en sonora algarabía. El sacerdote, o el obispo, despojados de su autoridad, ya nada pueden hacer por gobernar el rebaño, puesto que no tienen poder, sino sólo esa autoridad de la que han sido privados. ¿Cómo se les pedirá que la ejerzan, si los mismos que lo piden les han despojado de ella?
Puede suceder que el discípulo no entienda la enseñanza del maestro. En ese caso, si el discípulo es humilde, mejor hará en desconfiar de sí mismo que de quien le habla en nombre de Cristo. Puesto que desea aprender, y no juzgar, se acercará al maestro a pedir una explicación más detallada. Y si, a pesar de todo, llega a la conclusión de que el maestro se equivoca, o bien se lo dirá personalmente y con humildad, como apunté más arriba, o bien callará y rezará por el maestro, pero jamás lo juzgará, porque no debe la oveja juzgar al pastor.
Soy sacerdote, y jamás he escrito contra un hermano mío. Si creo que un sacerdote enseña doctrinas contrarias a las verdades de la Fe, procuraré no seguirle, y, si puedo, hablaré con él o con su superior. Pero jamás lo pondré en evidencia delante de los fieles, porque hasta ese sacerdote es otro Cristo, y debo amarlo como a tal.
Si sembramos la desconfianza en los pastores, ¿cómo sabremos que estamos en la verdad? ¿quién nos lo garantizará, si a aquellos que deben reafirmarnos en la fe los hemos despojado de su autoridad? ¿No han comenzado así todas las herejías, y todos los cismas? Cuando la oveja, convencida de llevar razón, dejó de lado la enseñanza del pastor, rápidamente se convirtió en pastor, ciego guía de ciegos, y llevo al rebaño al despeñadero.
Nos jugamos mucho, mucho más que el llevar o no razón, en recuperar el sentido de lo sagrado, y en situarnos a los pies de quienes han sido encargados de enseñarnos. Lo de menos, si no lo hacemos, será el quedar incapacitados para aprender. Lo peor será que habremos dividido a la Iglesia, Cuerpo de Cristo.
José-Fernando Rey Ballesteros