Jesús recibió de mis manos su Primera Comunión hace siete años. Después, poco a poco, fue cambiando de amigos... Dejé de verlo por la iglesia, pero, desde hace más de dos años, era frecuente encontrarlo reunido con una congregación bien distinta: la misma que organiza botellones cada fin de semana frente a mi parroquia. Esa congregación es la que me quita el sueño, y no sólo por el ruido con que atruenan la noche, sino porque ellos son la prueba viva de mi impotencia: nunca he sabido cómo hacer que recorran esos diez malditos metros que físicamente separan la Casa de Dios de la caseta del Demonio en esa feria de la muerte que se llama “botellón”.
Desde hace más de dos años, he visto llorar mucho a la madre de Jesús: su hijo se le escapaba, se le iba... A pesar de haberle dado buena doctrina, a pesar de haberle educado con la mejor voluntad y con el cariño más tierno, el chico no volvía a casa por las noches, llegaba a veces de día y apenas consciente. No estudiaba, se negaba a obedecer, no respondía a los consejos ni a las órdenes...
A Jesús lo enterré el pasado jueves, el día de San Juan. Una carrera sin casco en una moto sin frenos lo precipitó en la tumba con apenas 17 años de vida. ¡Cuántas lágrimas, cuánto dolor! Se le ha ido a su madre, se le ha ido a sus amigos, se nos ha ido a todos. Emprendió el camino de la muerte, y a toda velocidad, como a ellos les gusta, encontró la meta en forma de poste junto a la carretera.
La noche antes del entierro de Jesús, 12 jóvenes, que se dirigían a celebrar la Verbena de San Juan, fueron arrasados por un tren en Castelldefels cerca de las doce de la noche. Estaban cruzando las vías de manera temeraria, a pesar de tener junto a ellos un paso subterráneo. Doce más Jesús son trece, macabra asociación de este colegio apostólico de las tinieblas que acaba celebrando sus fiestas en entierros.
No me cansaré de repetirlo: algo muy grave le está sucediendo a nuestros jóvenes. Se les ha puesto todo en las manos, y ellos han elegido la muerte, la vida sin frenos que conduce al abismo. A muchos ni siquiera les han enseñado a elegir, y a otros, quizá los menos, les han enseñado cuando ya todo estaba a su alcance y la muerte los llamaba con su grito ensordecedor. Quizá las cosas se deberían haber hecho al revés: haberles enseñado a elegir primero, mientras se les acostumbraba a renunciar, y haber puesto el mundo en sus manos después, cuando fueran capaces de discernir y tuvieran fortaleza para renunciar. Sé que no es fácil dar recetas ni emitir diagnósticos al uso, pero, si alguien no pone freno a esta carrera, muchos más caerán sin remisión.
Dinero. Maldito dinero. Dinero que ganan los comerciantes que han instalado su chiringuito en los arcenes de esta autopista hacia el Infierno: productoras de televisión que los alimentan de carnaza; yonquis de mierda que les sirven muerte en polvo o en chinitas; comerciantes que miran hacia otro lado mientras sirven sus botellas, políticos que no se deciden a acabar con el botellón para no perder popularidad... Y muchos padres que están muy ocupados en ganar dinero como para emplear tiempo en la educación de sus hijos.
La carrera, por desgracia, continúa. Y, el próximo viernes, los mismos jóvenes que lloraban el jueves pasado durante el funeral de Jesús estarán de vuelta en su templo de muerte, a diez malditos metros de mi parroquia, atronando la noche con su música, sus gritos, sus carcajadas y sus blasfemias. Entonces quien seguirá llorando seré yo. Aparte de rezar, sigo sin saber qué hacer para detener este tren sin frenos conducido por el Demonio. Próxima estación, ya saben, todos lo saben, ellos mismos lo saben: la muerte.
José-Fernando Rey Ballesteros