COMO OVEJAS EN MEDIO DE LOBOS
Viernes, Julio 9th, 2010
“Os mando como ovejas en medio de lobos” (Mt 10, 16).
Olvídense de que la frase procede del evangelio; respondan como si nunca la hubiesen oído antes... ¿Qué hacen unas ovejas cuando son arrojadas a una manada de lobos? Sin pensarlo dos veces: ¡Protegerse! Buscar alguna cueva, algún lugar cerrado en que los lobos no las vean demasiado, y parapetarse allí. Si, finalmente, como cabe esperar, son descubiertas, el número de movimientos posibles es bastante limitado: o dejarse comer y pasar, previa deglución y combustión, a formar parte del cuerpo de los lobos, o empezar a balar poniendo “a caldo” al lobo feroz y a la madre que lo parió para, después, dejarse comer y pasar, previa deglución y combustión, a formar parte del cuerpo de los lobos.
En ésas estamos: ya nos hemos refugiado en las iglesias y en los hogares para vivir allí nuestra fe sin que nos molesten demasiado. Fuera del templo y de las cuatro paredes de casa, apenas se habla de Cristo. Buscamos nuestros espacios, trincheras o barricadas: cadenas de televisión católicas, emisoras de radio católicas, páginas web católicas, buscadores de Internet católicos, videojuegos católicos, y playas familiares donde no se vean espectáculos procaces. Nos vamos construyendo nuestros propios ghettos. Para muchos cristianos, pretender acercar a Dios a un vecino o a un compañero de trabajo es tarea impensable o, si pensable, imposible: “¡Bastante tengo” - parecen decir “con que no me quiten la fe!”. Otros ven el apostolado como una carga pesadísima, que no saben cómo arrastrar. Y, a una buena parte, ni tan siquiera se les ha pasado por la cabeza. Pasamos entonces a la segunda fase: entre los que no se han dejado comer ya y se han convertido en lobos, abandonando la fe, un buen número piensa que la proyección pública de sus creencias consiste en balar contra los lobos: “¡Qué malvado es ZP! ¡Qué pérfida Bibiana! ¡Nos quieren obligar a abortar! ¡Nos quitan el Valle de los Caídos! ¡Quieren cargarse a la familia! ¡Quieren descristianizar España!”... Puede que no les falte razón, pero los lobos se desternillan de la risa mientras se van comiendo el pastel.
Vuelvo al principio: actuamos como actuaría cualquier rebaño de ovejas que hubiese sido arrojado a una manada de lobos... Si la frase no procediera del Evangelio y de labios de Jesús. Pero la frase procede del Evangelio, y fue pronunciada por Jesús. Quizá debamos volver a Él nuestros ojos para entender cómo habérnoslas en semejante situación.
Jesús es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. En Él se cumplió lo imposible: el Cordero venció al Lobo Feroz, a Satanás. Pero, desde luego, no lo hizo balando, aunque baló, y mucho. Lo hizo con su Sangre. Y su Sangre fue derramada porque este Cordero no dudó en meterse en la boca del lobo hasta la mismísima campanilla: fue en busca de las ovejas perdidas, las arrancó de los dientes del enemigo, y cuando los lobos lo quisieron devorar, no se ocultó ni huyó, sino que extendió sus brazos para dejarse comer, con la intención de sacar ovejas hasta del estómago del propio Lobo. Y, una vez que el Lobo se lo comió, le explotó dentro con un estallido de Vida y le reventó las entrañas.
Ahora nos envía a nosotros del mismo modo en que Él fue enviado: como ovejas entre lobos. Y, si queremos continuar su trabajo, y completar en nosotros lo que falta a su Pasión (cf. Col 1, 24), el camino no será huir del mundo y parapetarnos, sino sumergirnos en el mundo hasta las cejas, en busca de las ovejas perdidas, y estar dispuestos a perderlo todo: nuestro tiempo libre, nuestras apetencias, nuestra “tranquilidad”, nuestra honra, nuestro puesto de trabajo y, si es preciso, nuestra salud y nuestra integridad física. Y, en lugar de perder tiempo y hacer el ridículo balando a los que aúllan, amar a todos los hombres sin excepción y desear ganar sus almas para Dios.
Sólo entonces, cuando perdamos el miedo a que nos devoren y nos adentremos en el mundo como se adentra el pescador en el mar, se prolongará el milagro del Cordero, y las ovejas, al fin, se comerán a los lobos.
José-Fernando Rey Ballesteros

