EL CASO DE LA MUJER POSEÍDA
Viernes, Julio 23rd, 2010
Por desgracia, todos sabemos lo que supone estar dominado por un pecado: el colérico, llegado el momento de la tentación, es dominado por la ira y pierde el control de sí. El soberbio, durante una discusión, es dominado por su ego y se convierte en una persona altanera e intratable. ¡Qué no decir del lujurioso, del perezoso, del egoísta! Cuando el pecado domina a una persona, cambia por completo y se transforma en un ser distinto, en ocasiones abyecto. Después, pasado el momento del arrebato, todo son remordimientos...
¿Qué sucede, sin embargo, cuando una persona es dominada, no por el pecado, sino por el Espíritu Santo? ¿Puede ocurrir? ¿Puede el Paráclito arrebatar a un alma, tomando el control de la voluntad, y conducirlo según quiere?
Puede suceder, y sucede. Sucede en los santos. La vida de los santos, en un momento dado, deja de estar en sus manos para pasar a manos de Dios. Y Dios hace con ellos cuanto quiere, porque son dóciles. Cautiva su voluntad y los dirige por sus caminos hasta tal punto que ya no es el santo quien obra, sino Dios quien obra en el santo.
Al igual que sucede con el pecado, debemos otorgarle a Dios el permiso para que tome el control de nuestra voluntad. Nadie se engañe: jamás pecaríamos si primero no dijésemos “sí” al pecado, lo cual supone decir “no” a Dios. Y jamás seremos santos mientras nos empeñemos en mantener el control sobre el bien que podemos hacer. Aunque, en casi todos los aspectos de la vida, la virtud se halla en el término medio, a la hora de amar a Dios no hay más virtud que el extremo: abandonarnos rendidamente en sus manos. Intentar controlar el paso del Espíritu por nuestras vidas, buscando un “término medio”, es tibieza y mediocridad.
María Magdalena fue una mujer arrebatada por el Amor de Cristo, del mismo modo en que otros son arrebatados por la ira, la soberbia, la lujuria o la pereza. La diferencia estriba en que ella supo elegir mejor ante quién rendirse, y se rindió ante Dios. Cuando los apóstoles, presos del temor y la tibieza, se escondían en el cenáculo por miedo a la muerte, ella, que había entregado el control de su voluntad al Amor que la cautivó, se dejó arrastrar hasta el escenario de la Pasión, y allí pasó de largo ante los mismos ángeles buscando a su Señor. Estaba arrebatada, enloquecida de Amor por ese Dios hecho hombre a quien había entregado las llaves de su corazón. Y, por ello, fue digna de ver a Cristo resucitado antes que ninguno de los apóstoles, y lo anunció con el frenesí con que se grita una urgencia, en lugar de hacerlo con la frialdad de quien realiza un esfuerzo virtuoso.
No sé... Conforme pasan los años, me voy dando cuenta de que la santidad no es tanto una cuestión de técnica como un ataque de locura. Veo en muchos cristianos certezas, sensiblerías y propósitos... Pero creo que, por encima de todo, hace falta pasión, esa pasión que nos haga peder el control de nosotros mismos, y que tan fácilmente entregan muchos al Demonio cuando se trata de pecar. ¿Por qué no imitamos a la Magdalena, y se la entregamos a Dios?
José-Fernando Rey Ballesteros

