A DIEZ AÑOS DEL ZAPATAZO
Domingo, Julio 25th, 2010
Recuerdo muy bien aquel 22 de julio de 2000. Yo me encontraba en Astorga, en las convivencias de verano de Acción Católica de Madrid, y compartía mesa y paseos con el teólogo José-Antonio Sayés. He escrito “paseos”, pero debería haber escrito “caminatas”. Cuando a uno lo abducen en chanclas bajo la excusa de “vamos a hablar un momentito”, y lo transportan, con semejante calzado, a lo largo de un camino de ocho kilómetros, la palabra “paseo” no es la más adecuada para relatar la experiencia. José-Antonio Sayés me lo hacía constantemente. Otras veces, en cuanto le veía, subía corriendo a por las botas. Y, entonces, todo su recorrido consistía en acercarnos a la exposición “Las edades del hombre”, que en aquel año se celebraba en la Catedral de Astorga. Encontrarse calzado con las botas de siete leguas ante la Divina Pastora no dejaba de provocar cierta sensación de ridículo.
Aquella tarde tocó caminata; y en chanclas, porque José-Antonio me cogió de improviso. Había dos noticias, y el bueno del Dr. Sayés necesitaba comentarlas urgentemente. La primera era una despedida: Redondo abandonaba el Real Madrid. “¡Qué error!”, gritaba José-Antonio por los campos de Astorga, “¡Qué error!”... La segunda noticia era una “bienvenida”: un tal José-Luis Rodríguez Zapatero había sido elegido Secretario General del PSOE, tras el batacazo de Almunia en las Elecciones Generales. “¡Quieren perder también las próximas!”, auguraba el teólogo; “han puesto en la picota a un monigote para que se estrelle. Ése hombre no es nadie; ni siquiera sabe hablar”. ¡Quién le iba a decir a José-Antonio Sayés que, diez años después de aquella conversación, aquel “monigote” estaría cumpliendo su sexto año de gobierno sobre la Piel de Toro! Yo, desde luego, no se lo pude decir, entre otras cosas porque los pies casi me sangraban sobre las desgastadas suelas de mis pobres chanclas. En aquel 2000, los españoles aún pagábamos nuestras compras en pesetas, y, bajo el imperio de aquella vetusta moneda, nadie daba un duro por Zapatero.
No he vuelto a ver a Sayés desde entonces, con la excepción de una visita del teólogo a Madrid, pocos meses después, en la que pasó por mi parroquia con la velocidad con que el rayo atraviesa las nubes. Pero, si hoy pudiese estar con él, adecuadamente calzado y preparado para sus “paseos”, no dudaría en recordarle la conversación de aquel 22 de julio de 2000. Diez años después, nadie habla en España de Redondo, y Zapatero es noticia cada mañana en todos los diarios. ¡Quién lo iba a decir!
Nunca he culpado a ZP de ninguna de las desgracias que han sobrevenido a nuestro país. ZP no es sino un icono (por usar una palabra más elegante que la de “monigote” para referirme a quien ahora es Presidente del Gobierno), pero es el icono que 11 millones de españoles han elegido levantar. Zapatero no ha cambiado a España: es España la que ha cambiado y ha encumbrado a Zapatero. Hasta la llegada de la crisis, él no ha hecho sino lo que su electorado deseaba verle hacer; en ese sentido, ha cumplido todas las expectativas. Si no fuera por la situación económica, es muy probable que ZP obtuviese un tercer mandato. No nos engañemos: hay 11 millones de personas en España que están encantadas con el matrimonio homosexual, con la Ley de Aborto, con el divorcio express, con la retirada de símbolos religiosos, con la Educación para la Ciudadanía y con la píldora del día después. Sé que los cristianos (excluyendo el sector “Bono”) nos sentimos a disgusto con todo ello, pero... ¿Qué hemos hecho para cambiarlo?
La mayor parte de las veces, errar el tiro. Hemos disparado nuestras diatribas hacia arriba, hacia el Gobierno, en lugar de intentar expandir nuestro mensaje hacia los lados, hacia la base social que ha encumbrado a ese Gobierno. Si, en lugar de atrincherarnos tras nuestras barricadas sociales y mediáticas, hubiésemos abierto el Evangelio, nuestra táctica sería la de la levadura en la masa y la de la sal de la Tierra. Lo que es urgente no es tanto la protesta como el apostolado, ni lo es tanto la pancarta como el testimonio personal. Si cada cristiano invitase a cenar a cuatro o cinco votantes de ZP, si rezara por esos cuatro o cinco y lograse trabar con ellos una verdadera amistad, si se decidiese a dar ante ellos testimonio de su Fe y a hablarles abiertamente de Cristo, de esos cuatro o cinco, al cabo de un tiempo, al menos uno o dos se convertirían. Pero primero quizá debamos convertirnos nosotros. No olvidemos que Dios ha puesto en nuestras manos una fuerza muy superior a todas la ideologías de moda; sólo hace falta que la desatemos. Para ello, debemos perder dos miedos: el miedo a ser santos, y el miedo a amar a nuestros enemigos. Uno no puede invitar a cenar con gusto a aquellos a quienes desprecia. Y, si despreciamos a quienes persiguen a la Iglesia, jamás los ganaremos para Cristo. Debemos amar fuertemente a quienes son distintos, rezar con verdadero celo por los gobernantes, y mostrarnos cercanos a aquéllos que denigran nuestra Fe. Después comenzará la conquista. Lancémonos de lleno a esta cruzada apostólica y, quizá dentro de otros diez años, nos encontremos dando gracias a Dios porque ZP consiguió que despertásemos.
José-Fernando Rey Ballesteros

