Con noticias de Dios


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LOS CERDOS

Viernes, Julio 30th, 2010

 

    “Había allí una gran piara de cerdos que pacían al pie del monte, y le suplicaron: ‘envíanos a los cerdos para que entremos en ellos’. Y se lo permitió. Entonces los espíritus inmundos salieron y entraron en los cerdos, y la piara, unos dos mil, se arrojó al mar de lo alto del precipicio y se fueron ahogando en el mar” (Mc 5, 11-13).

    No puedo ocultar que el pasaje me produce cierta lástima: ¡Cuántos jamones, cuántos chorizos, cuanto salchichón, lomo y chuletas, qué enorme cantidad de solomillos se perdieron aquel día! ¡Varías charcuterías enteras arrojadas al mar! A cambio, se ganó un alma. Duela o no, había valido la pena, porque todos los surtidos de ibéricos juntos no pueden competir en valor con el espíritu de un hombre. El Demonio se comió los jamones, y el alma se llenó de Dios.

    Es cierto. En ocasiones, no hay más remedio que darle carnaza al Demonio para que se entretenga y nos deje en paz. Supón que acabas de comprar un automóvil y lo llevas desde el concesionario hasta tu casa. Te dispones a aparcar, y ‘ñiiiiiiiiiiiiik’, ¡rayón! Entonces se te muda la color, la sangre sube a la cabeza hasta asomar por los ojos, el corazón se acelera cual taladradora, y, durante el resto del día, será mejor que nadie se te acerque, porque ese disco duro que tienes bajo el cráneo está ocupado al 100% con el dichoso automóvil y el %&$%=$% rayón. Has perdido la paz. El Demonio se entretuvo mordisqueando la máquina, y tú te empeñaste en forcejear con él. Resultado: no sólo arañó el automóvil, sino que, además, te mordió la mano, el corazón, el alma y la mente. Estás hecho unos zorros. Más hubieras ganado si, tras el estúpido rayón, hubieses dicho: “¡Bendito sea Dios! ¡Ya lo repararé!”, y te hubieras dedicado a pensar en otra cosa. Aunque al Demonio es mejor no hablarle, habrías obrado como si le dijeras: “¡Quédate con el automóvil, Demonio! ¡Entreténte con él y déjame a mi en paz!”.

    Otras veces lo intentará, por ejemplo, con tu honra. Has intentado hacer el bien, y hablan mal de ti; o, peor, tus pecados han salido a la luz, y te lo echan en cara públicamente. Te duele, ¿verdad? Puedes entretenerte forcejeando con el Demonio y gruñir por dentro, juzgar a todos los que te humillan, y hacer lo imposible por reparar tu imagen dañada... O puedes darle tu honra al Demonio para que se entretenga, y aprovechar la humillación para hacer penitencia y ser santo. Creo que saldrías ganando.

    Cuando el Demonio pidió permiso a Dios para castigar al Santo Job, Dios le otorgó el permiso, con una sola condición: “Ahí tienes todos sus bienes en tus manos. Pero a él no lo toques” (Jb 1, 12). No te extrañe que también le dé permiso para que la emprenda con lo tuyo. Pero, si no forcejeas con él, no temas, a ti no te tocará, aunque todo te lo quite. ¡Que se lo lleve! ¿Para qué lo quieres? Habrás salvado el alma, que es el único tesoro que merece la pena conservar. Ahora bien, si te empeñas en forcejear con él, te morderá, y la culpa no habrá sido ni de Dios ni del Demonio: habrá sido sólo tuya. ¿Quién te manda pelearte con un perro?

    Sé manso.

José-Fernando Rey Ballesteros

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