Con noticias de Dios


NOSOTROS, LOS DELINCUENTES

 

    Nunca he presumido de ser un ciudadano ejemplar. Confieso que, en alguna ocasión, he tirado a la calle el kleenex cuando, después de media hora sin encontrar una papelera, me ha cansado de hacer con él y con su contenido una pelotita entre mis manos. Pero, la verdad, tampoco me he tenido por un delincuente. No creo haber robado en mi vida, ni haber producido lesiones a nadie, ni tengo conciencia de haber conducido bajo los efectos del alcohol jamás.

    Sin embargo, desde hace años, me siento un delincuente, un forajido, un criminal sobre el que pesan mil órdenes de busca y captura. Y, créanme, no me he movido yo; yo sigo siendo el mismo. Se ha movido, tristemente, la ley, y se ha desplazado hasta dejarme fuera.

    Me siento un delincuente por descargar películas de Internet. No me lucro con ellas, tan sólo las disfruto y las comparto con mis amigos sin más contrapartida que esa, la amistad. Y, cada vez que veo en la pantalla de mi ordenador el estado de una de mis descargas, temo que las autoridades descubran lo que hago y corten mi conexión a Internet, me crujan a  multas, o me metan en la cárcel. Ahora que Bruselas se ha ensañado con esta actividad, sueño con que me busca la Interpol.

    Me siento un delincuente porque me gusta fumar en los restaurantes. Cuando pago por una mesa, pago por un rato de esparcimiento en compañía de mis amigos, por un momento de ocio y por un descanso que se me hace incompatible con estar mordiéndome las uñas para no fumar. Sin embargo, a partir de enero, seré un criminal, y no podré dejarme ver en los restaurantes, porque me castigarán a la terrible pena de ayuno tabaquil.

    Me siento un delincuente porque, a veces, llego a alcanzar, en la autopista, la velocidad criminal de 121 kms./h. No sé por qué lo hago, se me va el pie. Les aseguro que, cuando me doy cuenta, piso el freno y rezo un Padrenuestro. Pero confieso que, en ocasiones, me doy cuenta demasiado tarde. Desde la aprobación de la nueva Ley de Tráfico, soy un delincuente.

    Y, si mis conductas cívicas no han cambiado, me pregunto por qué yo era antes un ser normal, del montón, y ahora soy un delincuente. Me lo pregunto y me respondo que alguien ha convertido este país en una cárcel con vistas al mar. Un país donde las personas como yo son trasladadas a la categoría de delincuentes comunes es un país en estado de sitio, una prisión de la que debo escapar a toda costa. Ya que soy un delincuente, me convertiré en un forajido, como Clint Eastwood. Quiero ser un “fuera de la ley”.

    Por eso he decidido emigrar a Argleton, esa ciudad fantasma que solo existe en Google Maps y donde, al no haber Constitución ni leyes vigentes, podré seguir siendo un ciudadano del montón. Esta tarde solicitaré a Google la nacionalidad argletoniana, y, en un breve espacio de tiempo, cuando Rubalcaba quiera multarme por ser normal, sacaré mi pasaporte y le diré que me envíe la sanción a mi nueva dirección de Argleton. Que me busquen allí, si quieren. Me he echado al monte.

José-Fernando Rey Ballesteros

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