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¿ES SANTA TERESITA LA SANTA DEL SIGLO XXI?

 

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    El pasado 19 de junio, la web Religión en libertad publicaba unos breves textos de Santa Teresita del Niño Jesús, dirigidos a su amiga y confidente Sor María de la Trinidad, aquejada, según parece, de un fuerte sentimiento de fracaso en su lucha espiritual. Permítanme copiar uno de ellos, que quizá resume el espíritu de los demás:

    “Si el buen Dios quiere que seas débil e impotente como un niño, ¿crees por ello que tienes menos mérito por ello? Acepta, pues, vacilar a cada paso, incluso caer, llevar la cruz débilmente, ama tu impotencia: tu alma sacará de ello su provecho que si, transportada por la gracia, cumples acciones heroicas, que llenarían tu alma de satisfacción personal y de orgullo”.

    Tras haberlo leído una, dos, y tres veces, volví a formularme una pregunta que viene acosándome desde hace varios años: ¿Es Santa Teresita del Niño Jesús la santa de siglo XXI? ¿Son su vida y su doctrina el mejor modelo que podemos proponer a los cristianos de nuestra cultura occidental? ¿Pueden las palabras que he transcrito en el párrafo anterior arrojar luz sobre la vida del “hombre de a pie” de nuestros días? El pequeño camino o camino de infancia espiritual, tal como ella lo vivió ¿es la senda que podrá unir esta sociedad en que vivimos, pasado el año 2000, con el Cielo?

    Quizá la pregunta sorprenda a muchos. Quienes han encontrado, como yo, en la devoción a Santa Teresita el manantial de una poderosa luz espiritual no parecen dudar a la hora de proponer la vida de esta carmelita como la vía de escape a esa ola de soberbia que cubre los primeros años de nuestro siglo. Sin embargo, confieso que no estoy en absoluto seguro de que el ejemplo de la carmelita de Lisieux sea el más cercano y el más eficaz para la situación por la que atraviesa hoy nuestra Historia. Cada época necesita sus santos, y no acabo de convencerme de que el siglo XXI sea el de Santa Teresita del Niño Jesús, como lo fue la primera mitad del XX.

 

 

La revolución espiritual del Camino de Infancia

    En una Francia todavía empañada, en pleno siglo XIX, por los vahos del jansenismo, donde el eco de Saint Cyran y las monjas de Port Royal aún se dejaba escuchar en hogares, púlpitos y sacristías, el pequeño caminoemprendido por Santa Teresita supuso una verdadera y providencial revolución. Brotó en medio de unas almas atormentadas por los escrúpulos y la sensación de indignidad, que a duras penas se atrevían a acercarse a recibir la Comunión y que en numerosas ocasiones eran atosigadas por la sensación de no haber confesado bien sus pecados, de no haberlos confesado todos, o de no estar arrepentidas. No olvidemos que el pesimismo esencial de la herejía jansenista sumía a los espíritus en el pozo de una concupiscencia irresistible e invencible, del que sólo podrían salir por una especial gracia reservada a los predestinados. Muchas monjas del mismo Carmelo de Lisieux se quejaban de una sensación de fracaso como la que padecía Sor María de la Trinidad, quien sin duda se sintió aliviada al leer las palabras de Teresita copiadas más arriba.

    En semejante ambiente, Santa Teresita del Niño Jesús abre las puertas delpequeño camino: el camino de la confianza rendida en un Dios que es, ante todo, Padre cariñoso y tierno con sus criaturas. No serán los méritos del hombre los que le hagan dignos de acercarse a Dios, sino la bondad misma de un Señor que siente ternura infinita por sus pequeñas almas. La indignidad causada por el pecado o por la concupiscencia no es obstáculo para que el Amor de Dios alcance al hombre, del mismo modo que no puede un padre hacer aspavientos ante el niño que se ha manchado. Antes al contrario, ese Dios “Papá” encuentra su complacencia en agacharse, recoger a sus pequeños, y limpiarlos Él mismo para hacerlos dignos. ¡Cuánto consuelo, qué gran descanso tuvo que suponer para aquellas almas el alumbramiento de este camino de infancia espiritual, única y feliz escapada para quienes se encontraban encerrados en su propia impotencia! En este sentido, es innegable que la vida y los escritos de la Santa de Lisieux fueron un signo inconfundible del Designio Amoroso de Dios para toda criatura.

 

Ante la espiritualidad pelagiana

    No creo que, en el siglo XX, España estuviera excesivamente influenciada por ese jansenismo que tanta turbación causó en Francia en tiempos pasados. Sin embargo, al menos en la primera mitad de siglo, y, quizás, hasta el Concilio Vaticano II, la formación doctrinal y espiritual que se recibió en nuestro país estuvo muy tocada de un cierto pelagianismo. Frente a un énfasis desmedido en la lucha ascética, se propició un concepto de “temor de Dios” que más se parecía al miedo o al pánico que al verdadero temor reverencial y amoroso con que la criatura reconoce la majestad de Creador. Era frecuente, en ejercicios espirituales, recalcar los horrores del Infierno hasta el punto de atemorizar a los ejercitantes, y hablar del pecado mortal en términos tales que más movían a evitarlo por miedo que por amor. Resulta curioso, hoy día, ver cómo muchos de quienes fueron educados en esa época siguen luchando contra aquella espiritualidad, como Don Quijote luchaba contra molinos de viento, cuando lo cierto es que de aquella tendencia, en pleno siglo XXI, en España, no queda prácticamente ni un vestigio.

    Junto a ello, se propagó una mora sexual terriblemente irracional y represiva, fundada más en el tabú que en la comprensión, y edificada sobre una supuesta maldad de la carne muy tiznada de gnosticismo. Fueron numerosas las mujeres que llegaron a la noche de bodas en la más absoluta ignorancia, y también numerosos los hombres a quienes se les había atemorizado, con menos éxito, sobre los pecados contra la pureza, alegando que provocaban, no sólo la condenación eterna, sino una multiplicidad de enfermedades que hoy nos mueven a risa. Todo ello, sin una explicación de las excelencias de la castidad como liberación de la concupiscencia y como forma elevadísima de amor, propició una espiritualidad enfermiza y timorata, que no podía sino reventar como reventó a partir de los años 60 del pasado siglo.

    Una vez más, el camino de infancia abierto por Santa Teresita fue la salida por la que muchos santos encontraron el Amor de Dios en medio de un ambiente como ése. El pecado habría de evitarse a toda costa, sí, pero no principalmente por miedo al Infierno, sino como resultado de la experiencia profunda del Amor de Dios Padre que sólo podría tener lugar cuando el alma se entregaba como un niño. Y, aún cuando el hijo saliera derrotado en su lucha y cayera envuelto en su miseria, no debía tener miedo a volver a los brazos amorosos de ese Dios “Papá”, donde siempre encontraría ternura y misericordia. Ejemplo de todo ello es la espiritualidad de San Josemaría Escrivá, quien, habiendo nacido en 1902, provocó falsos escándalos en muchos que vieron su espiritualidad como algo sospechosamente atrevido. En mi opinión, San Josemaría representa la traslación de la doctrina de Santa Teresita al siglo XX español. Si alguien tuviera alguna duda al respecto, le invitaría a leer el capítulo que a la vida de infancia espiritual dedica en su libro “Camino”.

 

 

Desde el Concilio Vaticano II hasta nuestros días

    Lo que sucedió en la Iglesia después del Concilio Vaticano II fue lo más parecido a un desmoronamiento estrepitoso y de consecuencias funestas. Aclarémonos: el problema no era el Concilio, voz de Dios pronunciada para quien quiera escucharla. El problema fue que el Concilio se aprovechó, por parte de muchos, para llevar a cabo ese “reventón” al que me refería en el epígrafe anterior. En un lapso de tiempo brevísimo, se pasó, de una espiritualidad centrada en la ascética y el rigorismo, con todos sus temores del Infierno y sus diatribas contra el pecado mortal, a una pérdida casi absoluta del sentido del pecado, a una devaluación del Sacramento de la Penitencia, a la profanación de las normas de la Sagrada Liturgia como si fueran yugos impuestos por un tirano, y a una relajación de las costumbres que echó por tierra cualquier esfuerzo capaz de ser llamado “ascético”. Alguien debería sorprenderse de cómo, en menos de cincuenta años, algo tan cotidiano en la vida de clérigos y religiosos como era un cilicio o unas disciplinas pasaron a ser considerados como una costumbre ancestral, atávica y casi brutal. Quienes todavía emplean estos instrumentos de penitencia no se atreven a decirlo por miedo a ser tachados de “preconciliares”, palabra que se ha convertido en uno de los peores insultos con que puede ser descalificado un cristiano.

    El desmoronamiento se traduce, todavía hoy, en una trágica desaparición de la voluntad. La Iglesia no es un oasis, y cuanto ha sucedido en su seno ha tenido lugar, también, fuera de él, en el mundo. La proliferación de avances técnicos que hacen la vida más confortable, el súbito enriquecimiento de Occidente, la pérdida de esos valores religiosos que fueron derribados traumáticamente en el postconcilio, y el aceleramiento brutal del ritmo de vida ha dado lugar a un Occidente burgués que nada quiere saber de esfuerzo, de sacrificio, o de mortificación. El surgimiento del “Estado de bienestar” ha convertido a ese mismo bienestar en un valor supremo: nuestro modo de vida. Y ese modo de vida está tocado por la ley del mínimo esfuerzo. A los niños se les concede cuanto piden con tal de que no lloren, los padres son capaces de encararse con los maestros que exijan un esfuerzo considerado como “excesivo” a sus alumnos, y la televisión y la videoconsola han hecho el resto. En términos generales, contamos, en Occidente, con una juventud sin voluntad, esclava de un sexo desenfrenado que es promovido intencionadamente por los medios de comunicación y, en muchos casos, derrotada por el alcohol y las drogas como formas de liberación de una realidad que les aburre por completo. Hablar de pecado, de sacrificio, de ascética, de ayunos, de rigores, de Infierno, o incluso de la muerte se ha convertido en un discurso tachado de “cavernario”.

    El ropaje espiritual con que se ha revestido, dentro de la Iglesia, este “reventón” ha tenido dos formas: por un lado, una nueva forma de pelagianismo al que podríamos llamar “social”: tras decapitar a la verdadera religión, despojándola de todo carácter trascendente, se vive una religiosidad centrada en el amor al prójimo, un amor al prójimo fundado en la “buena voluntad” y el “compromiso”, pero vaciado de cualquier elemento místico que lo fundamente en el Amor a Dios. Ser “santos”, ha dejado paso, como ideal, a la meta de convertirse en “buenas personas” o en “hombres coherentes”. Una triste pérdida.

    En una segunda corriente, ha surgido la “falsa mística”, que es aquélla que ha sido despojada de toda ascética: el amor sin temor, la contrición sin atrición, la entrega del corazón sin previo cumplimiento de la Ley de Dios, los éxtasis sin vida de penitencia. Esta “falsa mística” se distingue por estar construida a base de frases hermosas, tanto da que salgan de la Biblia o algún autor oriental al uso, y por buscar una “paz de espíritu” que más se parece al relax producido por la estancia en un balneario o al resultado de una psicoterapia que a la “paz según Dios” de que habla Jesucristo, esa “paz en la guerra” que experimenta el hombre cuando vence al pecado. En esta corriente se habla de “oración”, pero es difícil distinguirla de las técnicas de relajamiento o de un cierto pasatiempo para burgueses desocupados; no es la oración que busca hacer la Voluntad de Dios, sino la que busca equilibrio para la mente y el espíritu.

 

¿Es Santa Teresita la santa del siglo XXI?

    Respondamos, finalmente, a la pregunta que da título a este artículo.

    La “falsa mística” a la que nos referíamos al final del epígrafe anterior ha recurrido, con mucha frecuencia, a Santa Teresita del Niño Jesús como bandera. Para poder hacerlo, ha sido necesario mutilar la vida y la doctrina de la santa, resaltando su confianza plena en el Amor de Dios y su “amor” a su propia impotencia como ocasión para que esta predilección se manifieste, y pasando por alto, a su vez, la durísima vida de lucha interior y esfuerzo ascético que llevó la Santa de Lisieux. No olvidemos esa heroica mortificación interior que la movió a tratar a quien más repulsión le provocaba de tal manera que esa persona se sintiese como su predilecta, la prisa por elegir siempre lo peor para ella, dejando lo mejor para sus hermanas, aquel “caminar por un misionero” cuando más enferma estaba y cada paso le suponía un esfuerzo ímprobo, la abnegación que supuso el convivir con sus hermanas de sangre sin apenas dirigirles la palabra... Todo eso parece haberse olvidado, a fin de convertir a Santa Teresita en una monja que, simplemente, lanzaba flores al Niño Jesús y se sentía profundamente amada por Dios. En su “amar la propia impotencia” han encontrado muchos la excusa perfecta para no luchar contra el pecado, y ya es difícil saber si esas personas distinguen entre amar la impotencia y amar el pecado, que es, en sí mismo, odioso. Alguien me dijo, tras leer a Santa Teresita: “he aprendido que debo amar mis pecados”... Nada más lejos del espíritu de la carmelita de Lisieux.

    Habría que decir, en honor a la verdad, que el mismo proceso ha sucedido en la otra corriente, la del “pelagianismo social”, con la Beata Teresa de Calcuta. Se ha resaltado su labor con los más desfavorecidos, pero los mismos que la ensalzan nada quieren saber de su vida de oración o de su doctrina acerca del aborto o la fidelidad al Papa.

    ¿Debemos proponer a Santa Teresita como “la santa del siglo XXI”? En la actual situación del mundo y de la Iglesia, en medio de una sociedad que ha perdido el sentido del pecado, que ha visto debilitada su voluntad hasta caer en todo tipo de esclavitudes, que se encuentra fuertemente sexualizada y sensualizada... ¿Es el mejor modelo una santa que no conoció el mundo, que vivió desde los dieciséis años encerrada en un Carmelo, y que murió a la edad de 24 años sin haber cometido, según su confesor, pecado mortal alguno? En mi opinión, no. Santa Teresita, que ha sido la santa de finales del siglo XIX y de la primera mitad del siglo XX, no es la santa del siglo XXI.

    Sé que los santos son intemporales, y que sus vidas sirven de ejemplo para todos los hombres de todas las épocas. Ellos no se ciñen a un momento histórico, sino que trascienden la historia por haber tocado, con sus almas, la eternidad. Y la mejor prueba de ello es la Reina de los santos, la Santísima Virgen María. Pero ahora hablo de buscar un modelo concreto para una situación histórica concreta, ese modelo que pueda mostrar al hombre del siglo XXI la salida hacia el Cielo con mayor claridad. Y, en mi opinión, ha llegado la hora de volver a rebuscar en el santoral.

    El siglo XXI, tal y como yo lo veo, tiene que recuperar a santos como Ignacio de Loyola y Teresa de Jesús, santos que han vivido en situaciones de relajación moral como la nuestra, y que han mostrado al mundo una vida de reciedumbre, de sacrificio y de fuerte esfuerzo ascético que los elevase sobre el “todo vale” de su época. Pero, por encima de todo, creo que el siglo XXI debe ser el siglo de San Josemaría Escrivá. Nadie como él logró aunar las espiritualidades de San Ignacio y Santa Teresa con la de Santa Teresita, y todo ello en una época histórica que nos es más que cercana. En San Josemaría puede el laico del siglo XXI encontrar el verdadero sentido del Concilio Vaticano II, y en él puede beber en las fuentes que, partiendo de los Padres de la Iglesia, han llegado a nuestros días recogiendo, en su curso, un fuerte espíritu laical. En su vida y en sus escritos, reúne la ascética de los monjes del desierto con la mística de los autores más elevados, y todo lo destila en una doctrina preparada especialmente para el padre de familia, para el ama de casa, para el trabajador que tiene que fichar cada mañana y para el sacerdote que debe hacer de la Eucaristía el centro de su vocación.

    Por todo ello, si me preguntan, creo que el siglo XXI será el siglo de San Josemaría Escrivá. Al menos, espero que así sea.

José-Fernando Rey Ballesteros

(Publicado en Espiritualidad Digital

 

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